The Hellstown Post: LA LEY DE LOS CAÍDOS (cap. 11)

sábado, 11 de febrero de 2017

LA LEY DE LOS CAÍDOS (cap. 11)




Dejaron el coche en un parking cerca del metro de Bilbao y salieron a la calle a buscar un sitio para tomar un café. Pese a las quejas de Morel, que decía que ahí sólo servían matarratas, se metieron en el Starbucks que escogió Blix. Aun así ella mostraba cierto recelo:
‒¿Es prudente que estemos tan a la vista?
‒Ya te lo decía ayer: si quieres pasar desapercibida, métete en la multitud más cercana. Entre tanta gente se hace mucho más difícil que te encuentren; en sitios tan concurridos, incluso los Centinelas se confunden y tardan mucho en localizar una huella psíquica concreta. Tienen que ir cribando poco a poco hasta enfocar bien, por así decirlo, y eso si están buscando por aquí, porque tampoco pueden cubrir la ciudad entera a la vez. El proceso es más lento de lo que pueda parecer: a menudo nos hemos tirado semanas buscando a alguien. Creer que alejándote del ruido te escondes es un error: te dejas ver mejor. Lo importante es estar moviéndose todo el tiempo; parar un momento a tomar un café es parte de nuestro camuflaje. Y en el caso de que nos encontraran, en un sitio como éste no pueden actuar con libertad. No van a sacar armas y liquidarnos delante de todo el mundo, con lo que aquí tenemos más oportunidades.

Morel pidió un café con leche y Blix un cappuccino «con cuatro azucarillos», lo que a aquél le pareció una excelente forma de acortarse la vida incluso para un ángel caído. Se sentaron en unos silloncitos en torno a una mesa baja, en una esquina del local y frente a una gran cristalera desde la que veían el tráfago de personas y vehículos de la calle. Morel miraba a su alrededor, examinando a la gente y asegurándose de que no hubiera nadie sospechoso. En todo momento tuvo la entrada cubierta.

‒Vale. ¿Y ahora qué? ¿Qué has sacado en limpio de ese gordo cabrón? ‒preguntó Blix tras darle un sorbo a su cappuccino.
‒Mmm… voy haciéndome una composición de la historia, aunque desde luego aún me faltan piezas para ver la imagen completa. La secuencia sería ésta: Oliveira, en nombre de Balaguer, ha hecho un trato con Moznik, quien le va a traer material muy delicado de algún sitio, probablemente del este de Europa.
‒El que dicen que era para mí.
‒Sí, ése ‒de nuevo, esfuerzos para que su aura no trasluciera ninguna vibración al mentir‒. El que los mismos que querían comprarlo, una vez fracasada la compra, te echaron a ti encima para alejar las miradas de sí mismos.
‒Hijos de puta...
Morel asintió, comprensivo, y prosiguió tras darle un sorbo a su café:
‒Este café es una mierda. Pero en fin, sigo: Oliveira tendría que haber acudido a la Cueva a hacer la compra, pero claro, no podía, al ser mortal; el Otro Lado le está vedado. Así que debió de enviar a un caído, alguien que sí pudiera entrar allí. Alguien de mucha confianza. Moznik no lo conocía, así que podría haber sido cualquiera. Pero la noche en que han quedado, el enviado de Oliveira no aparece, Moznik lo espera, se asunta, y se pira. Y como tiene la patata caliente en las manos, y ya le quema, lo intenta de nuevo a la noche siguiente, a la desesperada, y vuelve a la Cueva. Entretanto, el día anterior no sólo no apareció el intermediario de Oliveira, sino que éste mismo falta a varias citas. Alguien lo ha interceptado y lo tiene retenido o está ya en el otro barrio.
‒Eso le pasa por jugar con fuego.
‒Una gran pérdida para la humanidad… La segunda noche, por tanto, Moznik está ya marcado, y a mí me dan la orden de detenerlo por importación ilegal. Hasta ahí todo parecía de rutina.
‒¿Quién te dio la orden?
‒Buena pregunta, pero imposible saberlo. Me llegó por el conducto ordinario, un mensaje al móvil con un nombre, una foto y la información del sujeto. Me indicaba también la localización donde había sido visto y se creía que podía estar. Esos correos los mandan desde un servidor de la Autoridad, están cifrados y el remitente que consta es un restaurante tailandés. Imposible saber quién los manda.
‒Qué de peli de espías, ¿no?
Morel se encogió de hombros.
‒Hombre, son cuidadosos con estas cosas. Imagínate que alguien pierde un móvil con información de la organización. No hay que dejar migas de pan a los mortales que puedan conducirles hasta nosotros, aunque ni siquiera sabrían qué hacer con ellas.
‒Ya.
‒Quien se encargó de Oliveira es quien mandó cargarse a Moznik. Porque a Moznik se lo hubiera podido cargar cualquiera, era carne de cañón, pero no antes de hacer el intercambio; eso sólo le interesa a quien quiere impedir la venta. Oliveira trabaja para Balaguer, el Secretario de la Autoridad, uno de los Marqueses, que son los que actualmente tienen la mayoría. Eso implicaría que es la facción contraria, los Antorchas, quienes han dado el golpe. Están también los Torquemada, pero no les veo con la iniciativa para hacer algo así. Si los Marqueses son quienes quieren hacerse con la mercancía, los Antorchas tienen que ser los que están detrás de los sicarios. Pero puede que todo sea más complejo, porque si Balaguer actuaba a espaldas de su familia, quizá sea ésta la que haya ordenado silenciar el asunto, por las consecuencias que pudiera tener; tal vez son los Marqueses los que están haciendo limpieza para que nadie más de la Autoridad se entere de los trapicheos de Balaguer. Lo que está claro es que la Autoridad, en cuanto institución, o no se entera del asunto o no se quiere enterar.
‒Damos vueltas en círculos. ¿Cómo nos ayuda todo esto?
‒Espera, que llego al asunto. El intermediario de Oliveira, que tiene que ser un caído, ¿por qué no acudió a la cita? ¿Está muerto, retenido, ha dado una espantada? Piensa lo siguiente: ¿y si apareció? Podría haber estado allí... sólo que no se dio a conocer. Entonces, ¿por qué no lo haría?
‒Estás especulando.
‒Sí, claro, pero, ¿qué remedio me queda? Así es como encontré la llave y la dirección del guardamuebles. En toda investigación hay una fase de especulación; hay que jugar con las hipótesis y ver adónde conducen.
‒Bueno, pues especula.
‒Gracias. Ésta es la idea que me viene a la cabeza: quizá sí estaba allí, pero no se dirigió a Moznik, porque también estaba tanteando el terreno por si había alguien del otro bando, sea éste el que sea. Y en efecto, había alguien más, así que se echó atrás en la compra, o quizá al final lo liquidaron. Si no hicieron lo mismo con Moznik la primera noche fue para conseguir la mercancía, o para ver quién era el comprador, si el otro bando se destapaba. Quién sabe. A lo mejor lo mataron sólo porque yo lo detuve, y Moznik ni de coña podía llegar a comparecer ante la Autoridad, pues cantaría y se sabría quién era el comprador. Sin embargo, la orden de detención vino de la Autoridad: ¿quién la emitió, entonces? ¿A quién le interesaba esa detención? No a Balaguer, está claro; pero no sabemos si él mismo es un bando en todo este asunto. Dar con el intermediario de Oliveira, si todavía respira, sería la clave, porque ése sí sabía en qué bando jugaba.
‒¿Y cómo piensas dar con él?
‒Pues sólo se me ocurre una posibilidad: volver adonde el trato se tendría que haber cerrado. Hay que regresar a la Cueva y preguntar a Ahmed, que se entera de todo y conoce a todos. Si ese tipo estuvo allí, Ahmed tiene que haberlo fichado.
‒Odio ese tugurio. Allí sólo van tirados.
‒Sí, no es precisamente un sitio con clase. Pero es un lugar donde se consigue mucha información.
‒¿Y si nos están esperando allí?
‒No lo creo; ¿por qué? Nadie esperará que vuelva allí. No seguirán el ritmo de nuestras especulaciones ‒respondió, guiñándole un ojo.

Blix permaneció pensativa, la amargura en su rostro, mientras daba otro sorbo a su cappuccino.
‒En cuanto a mí, y suponiendo que salgamos vivos de ésta, ¿cómo tienen que ir las cosas para que mi nombre quede limpio y me dejen en paz?
De nuevo una ola de remordimiento atravesó a Morel, que en ese momento no estaba como para lidiar con los problemas de Blix, pero claro, esos problemas los había causado él, así que algo tenía que decir. Además, no podía permitirse que se viniera abajo.
‒Te voy a ser sincero: la cosa está jodida. Pero si los que quisieron desviar la atención de sí mismos y te escogieron a ti como chivo expiatorio están maniobrando contra la Autoridad, sacándolos a la luz la cólera de ésta caerá sobre ellos, y a ti deberían exonerarte. Tenemos que llegar hasta el final o tú siempre serás la culpable; en cualquier caso, a los dos nos quieren muertos: a ti por ser el chivo expiatorio y a mí como testigo. La ironía es que la Autoridad nos persigue, pero es sin saberlo ni quererlo nuestra aliada en esto, siempre que les entreguemos al culpable, y eso pasa por seguir el plan.
‒Ya... Qué remedio, ¿no?
‒Entiendo que no te haga gracia continuar, pero ya queda poco. Para bien o para mal, queda poco.
Ella asintió con la mirada perdida en algún lugar muy lejano. Luego dijo:
‒Hasta ahora yo no he hecho nada, aparte de acompañarte y conducir. ¿Cuándo tendré algo que hacer? Mis habilidades pueden ser de utilidad.
Eran sus habilidades, ciertamente, lo que Morel había querido de ella cuando fue a buscarla y le contó la trola de que la perseguían a ella:
‒Lo serán, descuida. El momento de que las uses se acerca. Porque, contando con que consigamos la mercancía, vas a tener que meternos en un sitio al que nunca podríamos llegar directamente.
‒¿Cuál?
‒La sede de la Autoridad.
Ella lo miró con una cara de resignada desesperación. Apoyó la palma de la mano contra la frente al tiempo que decía: «claro, bien, ¿por qué no?».

Se acabaron los cafés en silencio. Ya no hubo más conversación relevante. Blix fue al servicio y al volver fue Morel, que sólo entonces se dio cuenta de cuánto se estaba meando. Al regresar a la mesa, todavía a unos metros, se fijó en Blix, sentada entre la multitud que abarrotaba el local. Estaba hablando sola de forma ostensible. Movía los labios y gesticulaba como si tuviera alguien delante, o quizá alrededor, con quien estuviera manteniendo una acalorada conversación. En su cara había esta vez una expresión de ruego, como si pidiera algo. Quizá estuviera rezando, pensó Morel, pero tampoco le dio esa impresión. Había familiaridad en sus gestos. Y su aura estaba curiosamente tranquila en ese momento, más de lo que la había visto antes; brillaba con tonos cálidos en tranquilas ondas que manaban rítmicamente de ella y se deshacían como volutas de humo que ninguno de los presentes, salvo él, podía percibir.




© D. D. Puche 2017. Contenido protegido por SafeCreative.

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